Cuando lloras a tus muertos, lloras por ti y no por ellos. ¡Tienes que leer esto!


La pérdida de un ser querido es algo muy difícil, duele terriblemente y en muchos casos la herida que ha quedado en la mente y en el corazón se vuelve sumamente profunda a tal grado que nos impide realizar nuestras actividades diarias, pero debemos entender que este dolor es parte natural del duelo, pues tarde o temprano nos acostumbraremos a la ausencia de esa persona. 


Hay que aprender a lidiar con los sentimientos y ser conscientes de que nuestra vida debe continuar, ya que tenemos a un lado a aquellas personas que dependen de nosotros y las que nos inspiran a salir adelante. Sin embargo para entender la naturaleza de una pérdida es necesario comprender que cuando sufrimos y lloramos por aquellos que se han ido, lo que realmente lamentamos es nuestra propia fragilidad. 


No se trata de una cuestión de egoísmo, pero definitivamente forma parte de nuestra naturaleza y apego el sentirnos abandonados por aquel ser que ha pasado a formar parte de los recuerdos y que físicamente ya no estará con nosotros, pues la mente herida se resiste a la idea de no volver a recibir los abrazos, el amor, los consejos y la reconfortante compañía de la madre, del padre o de los verdaderos amigos que se han ido. A continuación me gustaría profundizar un poco más sobre el tema de la pérdida y lo que implica este sentimiento de tristeza: 


1. Vemos nuestra propia mortalidad

El ver a alguien partir nos recuerda que con el paso del tiempo, nuestro momento también llegará, quizá sea la incertidumbre lo que más pesa, el saber que la muerte no siempre llega bajo nuestros términos, sino que es caprichosa y así como puede dejarnos disfrutar muchos años, puede cambiar de parecer y arrastrarnos en cualquier momento. Ver a todos los vivos sentirse desamparados y frágiles ante lo inevitable nos hace pequeños; es natural sentir eso, pero hay que evitar engancharse a esa idea, ya que parte de la belleza de este mundo se encuentra en que nada es eterno, en que debemos tener esa pasión por vivir. Aceptar esa fragilidad, esa falta de control sobre el futuro nos ayuda a crecer y disfrutar el presente. 

2. La pérdida como castigo 

Nosotros lloramos por lo que hemos perdido, porque caemos presas del miedo y la incertidumbre ante lo que ya no estará, sabemos que la vida estará llena de pérdidas, la idea de sentir ese dolor una y otra vez resulta aterradora. En algún momento del duelo, comenzamos a pensar en lo que pudimos haber hecho para que esa persona siguiera con nosotros, porque la mente se niega a la idea de la ausencia, incluso llegando a pensar como propia la responsabilidad de la muerte del ser amado. 

Es una fase que debe ser pasajera, no es saludable quedarnos con esta idea, ya que la muerte es el desenlace de todo ser vivo, no solamente de los humanos, así como el nacimiento está lleno de esperanza y un nuevo comienzo, la muerte ofrece exactamente lo mismo, una oportunidad de descansar y estar nuevamente en comunión con el creador y la naturaleza. 

3. Sentimientos de culpa 

No vale la pena responsabilizarnos o sentirnos culpables sobre la pérdida o la falta de tiempo que no nos dejó llegar antes de tener que decir adiós para siempre, el enfocarnos en las emociones negativas es un camino mucho más doloroso, hay que saber perdonarnos. Recuerda que perder alguien es inevitable, pero aprende de ello, toma esa experiencia llena de tristeza y transfórmala en algo positivo, cambia esa conducta que te hace sentir culpable estando presente para quienes aún siguen con vida: dedícale tiempo a tu familia y mantén el compromiso de que nada será más importante que estar presente en los buenos y malos momentos de tus seres queridos. 

4. La diferencia entre amar y necesitar

Una frase que he escuchado cientos de veces en funerales y velorios es “No podré vivir sin su presencia” “Jamás olvidaré este dolor” “No creo que pueda seguir adelante” Pues hay que olvidar todos esos sentimientos negativos, ese pesar llega a nosotros al confundir el amor con la necesidad, recuerda que el amor es un sentimiento que permanece dentro de nosotros, junto con el recuerdo y los buenos momentos con esa persona que se ha ido. No se necesita a nadie para vivir, pues aunque hoy duele profundamente la muerte, cuando el duelo nos traiga la calma y la aceptación, sabremos que este reto forma parte de la vida. 

Espero que esta reflexión te ayude y te de fortaleza en los momentos difíciles. Ánimo y hasta la próxima.
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